El puerto de El Espín a lo largo de la historia
Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico Estadístico de España, habla sobre el puerto de El Espín y dice que “pueden fondear en él buques de más de cien toneladas los que conducen material para las ferrerías de Bullimeiro en la feligresía de Parlero, y para la de Froseira en el ayuntamiento limítrofe de Boal; otros buques de igual porte concurren al puerto y cargan maderas de construcción náutica que conducen al arsenal de El Ferrol y otro puertos. Si el gobierno o algún particular emprendiese la construcción de una muralla en la orilla izquierda del río, desde el peñasco titulado de El Espín, en línea recta hasta la punta de San Agustín, donde está dicha barra, sin otra obra ni gasto se haría esta ancha y profunda, capaz de recibir embarcaciones de alto bordo…”
Pegado al río Meiro encontramos otro de los numerosos barrios que configuran la geografía de El Espín: El Ribeiro. Aquí se ubicó el primer astillero de la zona. Éste fue fundado por Alejandro Fernández Presno hacia el año 1845 y llegó a perdurar más tiempo que el astillero situado enfrente, en la población vecina, que había fundado su hermano en ese mismo año y que había atesorado una mayor capacidad de producción. A partir de entonces numerosas embarcaciones (pataches, goletas, quechemarines, bergantines, algún pailebot) fueron creadas en este astillero.

Tras la actividad de los hermanos Presno en este lugar fue interesante la aportación a la construcción naval de la zona protagonizada por Fructuoso Méndez y su hijo Jesús Méndez, ambos vecinos de El Espín. Aunque a un nivel de actividad inferior, cuantitativa y no cualitativamente, fabricaron muchas embarcaciones desde finales del siglo XIX hasta mediados del siglo XX.
El último astillero de El Espín había sido puesto en marcha por Modesto Garrote Unzueta en 1940 y se encontraba ya en la zona de El Pantalán.
Desde entonces el Pantalán ha sido testigo y escenario de la vida de muchos espinetes que lo han convertido en muelle para el amarre de las barcas (en el caso de los numerosos lobos de mar que siempre han vivido en El Espín) y en santuario de baños cuando llega el calor estival para los más jóvenes y no tanto.
